Nadie nace escuchando a Steven Wilson

De la desazón de un periodista ante el desconocimiento de sus pares frente al artista que más disfrutó en un recital. Una introducción al gurú del rock progresivo, con su disco Hand. Cannot. Erase. como mapa.


En una de las tantas reuniones-cenas del año pasado con todo el equipo de Duias, en las que hay más para beber que para comer, donde se habla por horas de banalidades en lugar del motivo que convocó a la asamblea, surgió de repente la única pregunta relacionada con la música: qué fue lo mejor que habíamos visto en vivo.

Uno a uno fueron dando sus respuestas. Algunos trajeron a colación grandes e históricos conciertos que sucedieron en el país, otros nombraron otros no tan emocionantes. Lo cierto es que no recuerdo ninguna de las contestaciones. Lo único que quedó en mi mente, luego de que pasara mi turno de hablar, fue preocupación.

Me tocaba. Ya había tenido tiempo para pensar. Estaba seguro de que ese era el mejor recital al que había asistido.

—Mi mejor recital fue Steven Wilson en el Vorterix.

La sonrisa dibujada en mi cara se borró al instante. Los comensales-oyentes se quedaron atónitos: pronunciaron un quién al unísono y siguieron, con tanta gula e indiferencia, comiendo y bebiendo. Balbuceé algún insulto borracho sin sentido y me quedé callado por el resto de la noche.

El pasado 27 de febrero se cumplieron cuatro años del lanzamiento de Hand. Cannot. Erase., disco que Wilson promocionaba en aquella gira del mencionado concierto. La excusa perfecta para hablar de una gran placa y dar una nueva oportunidad, a quienes no han oído aún, de conocerlo.

Steven Wilson es un músico inglés con una vasta carrera en el rock progresivo que incluye sus proyectos musicales (Porcupine Tree, Blackfield, Storm Corrosion), las bandas que produjo (Opeth, Anathema) y su labor de edición y remasterización de discos de grandes valores del género (Yes, King Crimson, Emerson Lake & Palmer).

Hand. Cannot. Erase. es su cuarto disco como solista. La obra amalgama, con resultados sobresalientes, varias de las tantas facetas que Wilson ha experimentado a lo largo de su carrera: grandes instrumentaciones y mejores ejecuciones, compases complejos que aportan a la canción y nunca la entorpecen, momentos pesados y densos, emociones varias y al borde de las lágrimas, melancolía e innovación pop.

Se trata, sobre todo, de un álbum lacrimógeno. La idea prima a la hora de componer las nuevas canciones de lo que sería el sucesor del también majestuoso The Raven That Refused to Sing (And Other Stories) fue la historia de Joyce Carol Vincent: la mujer murió en su departamento por causas naturales, pero fue hallada tres años más tarde, cuando el propietario fue a reclamar por la deuda acumulada de su inquilina. Durante ese tiempo nadie sintió su ausencia.

No es estrictamente un trabajo conceptual, pero las once canciones están atravesadas por sentimientos conectados: la angustia, el cuestionamiento de los lazos afectivos, la soledad, la pérdida de seres queridos, el descontento personal. Y todo abordado directamente en las letras de Wilson, quien no se anda con rodeos ni se pierde en metáforas. La correspondencia lírica-musical, imbatible, es una de las claves del éxito del disco.

Para esta oportunidad, se convocaron a los mismos músicos que grabaron el anterior elepé, aunque incorporaron a la banda a una pieza clave, fundamental para el desarrollo de la dramaturgia: Ninet Tayeb. La voz de la cantante israelí redondeó el personaje femenino necesario. Con un timbre tan particular, encarnó perfectamente el solitario final de Joyce Carol Vincent: quedó demostrado en la inmensa «Routine». Pero no es la única mujer que participó.

«Perfect life» fue el primer adelanto que vio la luz. El sonido, los elementos utilizados y el estilo dejaron estupefactos a los oyentes que esperaban el mismo rumbo sonoro que conocían del músico. Puesto en contexto, hoy se entiende como una pieza indispensable para el funcionamiento de la historia. Acá es donde interviene la actriz británica Katherine Begley narrando un ciclo de amistad, amor, hermandad, alejamiento y olvido.

«Jamás confiaría en alguien que no le guste este disco», me dijo un melómano compañero en este cuarto aniversario. Y es que se trata de un trabajo redondo, en el que difícilmente alguien no encuentre algo que lo conmueva, alguna canción que le guste, algún solo que le vuele la cabeza, algo.

Desde lo estrictamente instrumental, debemos ser justos y mencionar el dream team que acompañó a Wilson: Guthrie Govan, en guitarra, Marco Minnemann, en batería, Adam Holzman, en teclas, y Nick Beggs, en bajo y chapman stick. Parte de su talento queda desparramado en la monumental «Ancestral» de casi catorce minutos, en el binomio «Home Invasion/Regret #9» y en la vertiginosa «3 years older».

Es un buen lugar de la extensa discografía del británico para empezar. A partir del aspecto que más te guste, podrás elegir una dirección acorde. No temas, hay varios caminos por escoger, todos riquísimos, repletos de información y buen gusto.

Comments

comments